Jesús ante el tribunal de Pilato. Parte 2. Desenlace.

Pilato sintió desencanto y mucho desagrado. Cuando los judíos volvieron con el prisionero, preguntó impacientemente qué querían que hiciese con él. Les recordó que ya había examinado a Jesús y no había hallado culpa en él; les dijo que le habían presentado quejas contra él, pero que no habían podido probar una sola acusación. Había enviado a Jesús a Herodes, tetrarca de Galilea y miembro de su nación judía, pero él tampoco había hallado en él cosa digna de muerte. “Le soltaré, pues, castigado”, dijo Pilato.

En esto Pilato demostró su debilidad. Había declarado que Jesús era inocente y, sin embargo, estaba dispuesto a hacerlo azotar para apaciguar a sus acusadores. Quería sacrificar la justicia y los buenos principios para transigir con la turba. Esto le colocó en situación desventajosa. La turba se valió de su indecisión y clamó tanto más por la vida del preso. Si desde el principio Pilato se hubiese mantenido firme, negándose a condenar a un hombre que consideraba inocente, habría roto la cadena fatal que iba a retenerle toda su vida en el remordimiento y la culpabilidad.

Si hubiese obedecido a sus convicciones de lo recto, los judíos no habrían intentado imponerle su voluntad. Se habría dado muerte a Cristo, pero la culpabilidad no habría recaído sobre Pilato. Mas Pilato había violado poco a poco su conciencia. Había buscado pretexto para no juzgar con justicia y equidad, y ahora se hallaba casi impotente en las manos de los sacerdotes y príncipes. Su vacilación e indecisión provocaron su ruina.

La revelación en el sueño

Aun entonces no se le dejó actuar ciegamente. Un mensaje de Dios le amonestó acerca del acto que estaba por cometer. En respuesta a la oración de Cristo, la esposa de Pilato había sido visitada por un ángel del cielo, y en un sueño había visto al Salvador y conversado con él. La esposa de Pilato no era judía, pero mientras miraba a Jesús en su sueño no tuvo duda alguna acerca de su carácter o misión. Sabía que era el Príncipe de Dios. Le vio juzgado en el tribunal. Vio las manos estrechamente ligadas como las manos de un criminal. Vio a Herodes y sus soldados realizando su impía obra. Oyó a los sacerdotes y príncipes, llenos de envidia y malicia, acusándole furiosamente. Oyó las palabras: “Nosotros tenemos ley, y según nuestra ley debe morir”.

Vio a Pilato entregar a Jesús para ser azotado, después de haber declarado: “Yo no hallo en él ningún crimen”. Oyó la condenación pronunciada por Pilato, y le vio entregar a Cristo a sus homicidas. Vio la cruz levantada en el Calvario. Vio la tierra envuelta en tinieblas y oyó el misterioso clamor: “Consumado es”. Pero otra escena aún se ofreció a su mirada. Vio a Cristo sentado sobre la gran nube blanca, mientras toda la tierra oscilaba en el espacio y sus homicidas huían de la presencia de su gloria. Con un grito de horror se despertó, y en seguida escribió a Pilato unas palabras de advertencia.

Mientras Pilato vacilaba en cuanto a lo que debía hacer, un mensajero se abrió paso a través de la muchedumbre y le entregó la carta de su esposa que decía: “No tengas que ver con aquel justo; porque hoy he padecido muchas cosas en sueños por causa de él”. El rostro de Pilato palideció. Le confundían sus propias emociones en conflicto. Pero mientras postergaba la acción, los sacerdotes

y príncipes inflamaban aun más los ánimos del pueblo. Pilato se vio forzado a obrar. Recordó entonces una costumbre que podría servir para obtener la liberación de Cristo. En ocasión de esta fiesta, se acostumbraba soltar a algún preso que el pueblo eligiese. Era una costumbre de invención pagana; no había sombra de justicia en ella, pero los judíos la apreciaban mucho. En aquel entonces las autoridades romanas tenían preso a un tal Barrabás que estaba bajo sentencia de muerte. Este hombre había aseverado ser el Mesías. Pretendía tener autoridad para establecer un orden de cosas diferente para arreglar el mundo. Dominado por el engaño satánico, sostenía que le pertenecía todo lo que pudiese obtener por el robo. Había hecho cosas maravillosas por medio de los agentes satánicos, había conquistado secuaces entre el pueblo y había provocado una sedición contra el gobierno romano. Bajo el manto del entusiasmo religioso, se ocultaba un bribón empedernido y desesperado, que sólo procuraba cometer actos de rebelión y crueldad.

Suéltanos a Barrabás

Al ofrecer al pueblo que eligiese entre este hombre y el Salvador inocente, Pilato pensó despertar en él un sentido de justicia. Esperaba suscitar su simpatía por Jesús en oposición a los sacerdotes y príncipes. Así que volviéndose a la muchedumbre, dijo con gran fervor: “¿Cuál queréis que os suelte? ¿a Barrabás, o a Jesús que se dice el Cristo?” Como el rugido de las fieras, vino la respuesta de la turba: Suéltanos a Barrabás. E iba en aumento el clamor: ¡Barrabás! ¡Barrabás! Pensando que el pueblo no había comprendido su pregunta, Pilato preguntó: “¿Queréis que os suelte al Rey de los Judíos?” Pero volvieron a clamar: “Quita a éste, y suéltanos a Barrabás.” “¿Qué pues haré de Jesús que se dice el Cristo?” preguntó Pilato. Nuevamente la agitada turba rugió como demonios. Había verdaderos demonios en forma humana en la muchedumbre, y ¿qué podía esperarse sino la respuesta: “Sea crucificado”?

Pilato estaba turbado. No había pensado obtener tal resultado. Le repugnaba entregar un hombre inocente a la muerte más ignominiosa y cruel que se pudiese infligir. Cuando hubo cesado el tumulto de las voces, volvió a hablar al pueblo diciendo: “Pues ¿qué mal ha hecho?” Pero era demasiado tarde para argüir. No eran pruebas de la inocencia de Cristo lo que querían, sino su condena. Pilato se esforzó todavía por salvarlo. “Les dijo la tercera vez: ¿Pues qué mal ha hecho éste? Ninguna culpa de muerte he hallado en él: le castigaré, pues, y le soltaré.” Pero la sola mención de su liberación duplicaba el frenesí del pueblo. “Crucifícale, crucifícale,” clamaban.

Jesús fue tomado, extenuado de cansancio y cubierto de heridas, y fue azotado a la vista de la muchedumbre. “Entonces los soldados le llevaron dentro de la sala, es a saber, al pretorio; y convocan toda la cohorte. Y le visten de púrpura; y poniéndole una corona tejida de espinas, comenzaron luego a saludarle: ¡Salve, Rey de los Judíos! … Y escupían en él, y le adoraban hincadas las rodillas”. De vez en cuando, alguna mano perversa le arrebataba la caña que había sido puesta en su mano, y con ella hería la corona que estaba sobre su frente, haciendo penetrar las espinas en sus sienes y chorrear la sangre por su rostro y barba.

¡Admiraos, oh cielos! ¡y asómbrate, oh tierra! Contemplad al opresor y al oprimido. Una multitud enfurecida rodea al Salvador del mundo. Las burlas y los escarnios se mezclan con los groseros juramentos de blasfemia. La muchedumbre inexorable comenta su humilde nacimiento y vida. Pone en ridículo su pretensión de ser Hijo de Dios, y la broma obscena y el escarnio insultante pasan de labio a labio.

La perfecta calma

Satanás indujo a la turba cruel a ultrajar al Salvador. Era su propósito provocarle a que usase de represalias, si era posible, o impulsarle a realizar un milagro para librarse y así destruir el plan de la salvación. Una mancha sobre su vida humana, un desfallecimiento de su humanidad para soportar la prueba terrible, y el Cordero de Dios habría sido una ofrenda imperfecta y la redención del hombre habría fracasado. Pero Aquel que con una orden podría haber hecho acudir en su auxilio a la hueste celestial, el que por la manifestación de su majestad divina podría haber ahuyentado de su vista e infundido terror a esa muchedumbre, se sometió con perfecta calma a los más groseros insultos y ultrajes.

Los enemigos de Cristo habían pedido un milagro como prueba de su divinidad. Tenían una prueba mayor que cualquiera de las que buscasen. Así como su crueldad degradaba a sus atormentadores por debajo de la humanidad a semejanza de Satanás, así también la mansedumbre y paciencia de Jesús le exaltaban por encima de la humanidad y probaban su relación con Dios. Su humillación era la garantía de su exaltación. Las cruentas gotas de sangre que de sus heridas sienes corrieron por su rostro y su barba, fueron la garantía de su ungimiento con el “aceite de alegría”—Hebreos 1:9 — como sumo sacerdote nuestro.

La ira de Satanás fue grande al ver que todos los insultos infligidos al Salvador no podían arrancar de sus labios la menor murmuración. Aunque se había revestido de la naturaleza humana, estaba sostenido por una fortaleza semejante a la de Dios y no se apartó un ápice de la voluntad de su Padre. Cuando Pilato entregó a Jesús para que fuese azotado y burlado, pensó excitar la compasión de la muchedumbre. Esperaba que ella decidiera que este castigo bastaba. Pensó que aun la malicia de los sacerdotes estaría ahora satisfecha. Pero, con aguda percepción, los judíos vieron la debilidad que significaba el castigar así a un hombre que había sido declarado inocente. Sabían que Pilato estaba procurando salvar la vida del preso, y ellos estaban resueltos a que Jesús no fuese libertado.

Jesús o Barrabás

Pilato mandó entonces que se trajese a Barrabás al tribunal. Presentó luego los dos presos, uno al lado del otro, y señalando al Salvador dijo con voz de solemne súplica: “He aquí el hombre”. “Os le traigo fuera, para que entendáis que ningún crimen hallo en él”. Allí estaba el Hijo de Dios, llevando el manto de burla y la corona de espinas. Desnudo hasta la cintura, su espalda revelaba los largos y crueles azotes, de los cuales la sangre fluía copiosamente. Su rostro manchado de sangre llevaba las marcas del agotamiento y el dolor; pero nunca había parecido más hermoso que en ese momento. El semblante del Salvador no estaba desfigurado delante de sus enemigos. Cada rasgo expresaba bondad y resignación y la más tierna compasión por sus crueles verdugos. Su porte no expresaba debilidad cobarde, sino la fuerza y dignidad de la longanimidad.

En sorprendente contraste, se destacaba el preso que estaba a su lado. Cada rasgo del semblante de Barrabás le proclamaba como el empedernido rufián que era. El contraste hablaba a toda persona que lo contemplaba. Algunos de los espectadores lloraban. Al mirar a Jesús, sus corazones se llenaron de simpatía. Aun los sacerdotes y príncipes estaban convencidos de que era todo lo que aseveraba ser.

Los soldados romanos que rodeaban a Cristo no eran todos endurecidos. Algunos miraban insistentemente su rostro en busca de una prueba de que era un personaje criminal o peligroso. De vez en cuando, arrojaban una mirada de desprecio a Barrabás. No se necesitaba profunda percepción para discernir cabalmente lo que era. Luego volvían a mirar a Aquel a quien se juzgaba. Miraban al divino doliente con sentimientos de profunda compasión. La callada sumisión de Cristo grabó en su mente esa escena, que nunca se iba a borrar de ella hasta que le reconocieran como Cristo, o rechazándole decidieran su propio destino.

La paciencia del Salvador, que no exhalaba una queja, llenó a Pilato de asombro. No dudaba de que la vista de este hombre, en contraste con Barrabás, habría de mover a simpatía a los judíos. Pero no comprendía el odio fanático que sentían los sacerdotes hacia Aquel que, como luz del mundo, había hecho manifiestas sus tinieblas y error. Habían incitado a la turba a una furia loca, y nuevamente los sacerdotes, los príncipes y el pueblo elevaron aquel terrible clamor: “¡Crucifícale! ¡Crucifícale!” Por fn, perdiendo toda paciencia con su crueldad irracional, Pilato exclamó desesperado: “Tomadle vosotros, y crucificadle; porque yo no hallo en él crimen”.

El que a ti me ha entregado, mayor pecado tiene

El gobernador romano, aunque familiarizado con escenas de crueldad, se sentía movido de simpatía hacia el preso doliente que, condenado y azotado, con la frente ensangrentada y la espalda lacerada, seguía teniendo el porte de un rey sobre su trono. Pero los sacerdotes declararon: “Nosotros tenemos ley, y según nuestra ley debe morir, porque se hizo Hijo de Dios”. Pilato se sorprendió. No tenía idea correcta de Cristo y de su misión; pero tenía una fe vaga en Dios y en los seres superiores a la humanidad. El pensamiento que una vez antes cruzara por su mente cobró ahora una forma más definida. Se preguntó si no sería un ser divino el que estaba delante de él cubierto con el burlesco manto purpúreo y coronado de espinas.

Volvió al tribunal y dijo a Jesús: “¿De dónde eres tú?” Pero Jesús no le respondió. El Salvador había hablado abiertamente a Pilato explicándole su misión como testigo de la verdad. Pilato había despreciado la luz. Había abusado del alto cargo de juez renunciando a sus principios y autoridad bajo las exigencias de la turba. Jesús no tenía ya más luz para él. Vejado por su silencio, Pilato dijo altaneramente: “¿A mí no me hablas? ¿no sabes que tengo potestad para crucificarte, y que tengo potestad para soltarte?” Jesús respondió: “Ninguna potestad tendrías contra mí, si no te fuese dado de arriba: por tanto, el que a ti me ha entregado, mayor pecado tiene”.

Así, el Salvador compasivo, en medio de sus intensos sufrimientos y pesar, disculpó en cuanto le fue posible el acto del gobernador romano que le entregaba para ser crucificado. ¡Qué escena digna de ser transmitida al mundo para todos los tiempos! ¡Cuánta luz derrama sobre el carácter de Aquel que es el Juez de toda la tierra! “El que a ti me ha entregado—dijo Jesús,—mayor pecado tiene”. Con estas palabras, Cristo indicaba a Caifás, quien, como sumo sacerdote, representaba a la nación judía. Ellos conocían los principios que regían a las autoridades romanas. Habían tenido luz en las profecías que testificaban de Cristo y en sus propias enseñanzas y milagros. Los jueces judíos habían recibido pruebas inequívocas de la divinidad de Aquel a quien condenaban a muerte. Y según la luz que habían recibido, serían juzgados.

La mayor responsabilidad

La mayor culpabilidad y la responsabilidad más pesada incumbían a aquellos que estaban en los lugares más encumbrados de la nación, los depositarios de aquellos sagrados cometidos vilmente traicionados. Pilato, Herodes y los soldados romanos eran comparativamente ignorantes acerca de Jesús. Insultándole trataban de agradar a los sacerdotes y príncipes. No tenían la luz que la nación judía había recibido en tanta abundancia. Si la luz hubiese sido dada a los soldados, no habrían tratado a Cristo tan cruelmente como lo hicieron. Pilato volvió a proponer la liberación del Salvador. “Mas los Judíos daban voces, diciendo: Si a este sueltas, no eres amigo de César”. Así pretendían estos hipócritas ser celosos por la autoridad de César. De entre todos los que se oponían al gobierno romano, los judíos eran los más encarnizados. Cuando no había peligro en ello, eran los más tiránicos en imponer sus propias exigencias nacionales y religiosas; pero cuando deseaban realizar algún propósito cruel exaltaban el poder de César. A fin de lograr la destrucción de Cristo, profesaban ser leales al gobierno extranjero que odiaban.

“Cualquiera que se hace rey—continuaron,—a César contradice”. Esto tocaba a Pilato en un punto débil. Era sospechoso para el gobierno romano, y sabía que un informe tal le arruinaría. Sabía que si estorbaba a los judíos, volverían su ira contra él. Nada descuida- rían para lograr su venganza. Tenía delante de sí un ejemplo de la persistencia con que buscaban la vida de Uno a quien odiaban sin razón. Pilato tomó entonces su lugar en el sitial del tribunal, y volvió a presentar a Jesús al pueblo diciendo: “He aquí vuestro Rey”. Volvió a oírse el furioso clamor: “Quita, quita, crucifícale”. Con voz que fue oída lejos y cerca, Pilato preguntó: “¿A vuestro Rey he de crucificar?” Pero labios profanos y blasfemos pronunciaron las palabras: “No tenemos rey sino a César.” Al escoger así a un gobernante pagano, la nación judía se retiraba de la teocracia. Rechazaba a Dios como su Rey. De ahí en adelante no tendría libertador. No tendría otro rey sino a César. A esto habían conducido al pueblo los sacerdotes y maestros. Eran responsables de esto y de los temibles resultados que siguieron. El pecado de una nación y su ruina se debieron a sus dirigentes religiosos.

“Y viendo Pilato que nada adelantaba, antes se hacía más alboroto, tomando agua se lavó las manos delante del pueblo, diciendo: Inocente soy yo de la sangre de este justo: veréislo vosotros”. Con temor y condenándose a sí mismo, Pilato miró al Salvador. En el vasto mar de rostros vueltos hacia arriba, el suyo era el único apacible. En derredor de su cabeza parecía resplandecer una suave luz. Pilato dijo en su corazón: Es un Dios. Volviéndose a la multitud, declaró: Limpio estoy de su sangre, tomadle y crucificadle. Pero notad, sacerdotes y príncipes, que yo lo declaro justo. Y Aquel a quien él llama su Padre os juzgue a vosotros y no a mí por la obra de este día. Luego dijo a Jesús: Perdóname por este acto; no puedo salvarte. Y cuando le hubo hecho azotar otra vez, le entregó para ser crucificado.

Pilato anhelaba librar a Jesús. Pero vio que no podría hacerlo y conservar su puesto y sus honores. Antes que perder su poder mundanal, prefirió sacrificar una vida inocente. ¡Cuántos, para escapar a la pérdida o al sufrimiento, sacrifican igualmente los buenos principios!

Su sangre sea sobre nosotros

Pilato cedió a las exigencias de la turba. Antes que arriesgarse a perder su puesto entregó a Jesús para que fuese crucificado, pero a pesar de sus precauciones aquello mismo que temía le aconteció después. Fue despojado de sus honores, fue derribado de su alto cargo y, atormentado por el remordimiento y el orgullo herido, poco después de la crucifixión se quitó la vida. Asimismo, todos los que transigen con el pecado no tendrán sino pesar y ruina. “Hay camino que al hombre parece derecho; empero su fin son caminos de muerte”—Proverbios 14:12.

Cuando Cristo vuelva a la tierra, los hombres no le verán como preso rodeado por una turba. Le verán como Rey del cielo. Cristo volverá en su gloria, en la gloria de su Padre y en la gloria de los santos ángeles. Miríadas y miríadas, y miles de miles de ángeles, hermosos y triunfantes hijos de Dios que poseen una belleza y gloria superiores a todo lo que conocemos, le escoltarán en su regreso. Entonces se sentará sobre el trono de su gloria y delante de él se congregarán todas las naciones. Entonces todo ojo le verá y también los que le traspasaron. En lugar de una corona de espinas, llevará una corona de gloria, una corona dentro de otra corona. En lugar de aquel viejo manto de grana, llevará un vestido del blanco más puro, “tanto que ningún lavador en la tierra los puede hacer tan blancos.” Y en su vestidura y en su muslo estará escrito un nombre: “Rey de reyes y Señor de señores”.

Los que le escarnecieron e hirieron estarán allí. Los sacerdotes y príncipes contemplarán de nuevo la escena del pretorio. Cada circunstancia se les presentará como escrita en letras de fuego. Entonces los que pidieron: “Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos”, recibirán la respuesta a su oración. Entonces el mundo entero conocerá y entenderá. Los pobres, débiles y finitos seres humanos comprenderán contra quién y contra qué estuvieron guerreando. Con terrible agonía y horror, clamarán a las montañas y a las rocas: “Caed sobre nosotros, y escondednos de la cara de Aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero: porque el gran día de su ira es venido; ¿y quién podrá estar firme?”Apocalipsis 6:16, 17.

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