Jesús traído ante el tribunal de Pilato. Parte 1

Texto base: Mateo 27:2, 11-31; Marcos 15:1-20; Lucas 23:1-25; Juan 18:28-40; 19:1-16.

En el tribunal de Pilato, el gobernador romano, Cristo estaba atado como un preso. En derredor de él estaba la guardia de soldados, y el tribunal se llenaba rápidamente de espectadores. Afuera, cerca de la entrada, estaban los jueces del Sanedrín, los sacerdotes, los príncipes, los ancianos y la turba. Después de condenar a Jesús, el concilio del Sanedrín se había dirigido a Pilato para que confirmase y ejecutase la sentencia. Pero estos funcionarios judíos no querían entrar en el tribunal romano. Según su ley ceremonial, ello los habría contaminado y les habría impedido tomar parte en la fiesta de la Pascua. En su ceguera, no veían que el odio homicida había contaminado sus corazones. No veían que Cristo era el verdadero Cordero pascual, y que, por haberle rechazado, para ellos la gran fiesta había perdido su significado.

Cuando al Salvador se le llevó al tribunal, Pilato le miró con ojos nada amistosos. Sacaron con premura al gobernador romano de su dormitorio, y él resolvió despachar el caso tan pronto como fuese posible. Estaba preparado para tratar al preso con rigor. Asumió su expresión más severa y se volvió para ver qué clase de hombre debía examinar, el cual lo había arrancado del descanso en hora tan temprana. Sabía que debía tratarse de alguno a quien las autoridades judías anhelaban ver juzgado y castigado apresuradamente.

Pilato miró a los hombres que custodiaban a Jesús, y luego su mirada descansó escrutadoramente en Jesús. Había tenido que tratar con toda clase de criminales; pero nunca antes había comparecido ante él un hombre que llevase rasgos de tanta bondad y nobleza. En su cara no vio vestigios de culpabilidad, ni expresión de temor, ni audacia o desafío. Vio a un hombre de porte sereno y digno, cuyo semblante no llevaba los estigmas de un criminal, sino la firma del cielo.

El vacilante Pilato

La apariencia de Jesús hizo una impresión favorable en Pilato. Su naturaleza mejor se despertó. Había oído hablar de Jesús y de sus obras. Su esposa le había contado algo de los prodigios realizados por el profeta galileo, que sanaba a los enfermos y resucitaba a los muertos. Resolvió exigir a los judíos que presentasen sus acusaciones contra el preso. Respondieron que era un impostor llamado Jesús de Nazaret. Pilato volvió a preguntar: “¿Qué acusación traéis contra este hombre?”. Los sacerdotes no contestaron su pregunta, sino que con palabras que demostraban su irritación, dijeron: “Si éste no fuera malhechor, no te lo habríamos entregado”. Cuando los miembros del Sanedrín, los primeros hombres de la nación, te traen un hombre que consideran digno de muerte, ¿es necesario pedir una acusación contra él? Esperaban hacer sentir a Pilato su importancia, y así inducirle a acceder a su petición sin muchos preliminares.

Los sacerdotes pensaban que con el débil y vacilante Pilato podrían llevar a cabo sus planes sin dificultad. En ocasiones anteriores había firmado apresuradamente sentencias capitales, condenando a la muerte a hombres que ellos sabían que no eran dignos de ella. En su estima, la vida de un preso era de poco valor; y le era indiferente que fuese inocente o culpable. Los sacerdotes esperaban que Pilato impusiera ahora la pena de muerte a Jesús sin darle audiencia. Lo pedían como favor en ocasión de su gran fiesta nacional. Pero había en el preso algo que impidió a Pilato hacer esto. No se atrevió a ello. Discernió el propósito de los sacerdotes. Recordó cómo, no mucho tiempo antes, Jesús había resucitado a Lázaro, hombre que había estado muerto cuatro días, y resolvió saber, antes de firmar la sentencia de condenación, cuáles eran las acusaciones que se hacían contra él, y si podían ser probadas.

Si vuestro juicio es suficiente, dijo, ¿para qué traerme el preso? “Tomadle vosotros, y juzgadle según vuestra ley.” Así apremiados, los sacerdotes dijeron que ya le habían sentenciado, pero debían tener la aprobación de Pilato para hacer válida su condena. ¿Cuál es vuestra sentencia? preguntó Pilato. La muerte, contestaron, pero no nos es lícito darla a nadie. Pidieron a Pilato que aceptase su palabra en cuanto a la culpabilidad de Cristo, e hiciese cumplir su sentencia. Ellos estaban dispuestos a asumir la responsabilidad del resultado. Pilato no era un juez justo ni concienzudo; pero aunque débil en fuerza moral, se negó a conceder lo pedido. No quiso condenar a Jesús hasta que se hubiese sostenido una acusación contra él.

¿Eres tú el Rey de los Judíos?

Los sacerdotes estaban en un dilema. Veían que debían cubrir su hipocresía con el velo más grueso. No debían dejar ver que Jesús había sido arrestado por motivos religiosos. Si presentaban esto como una razón, su procedimiento no tendría peso para Pilato. Debían hacer aparecer a Jesús como obrando contra la ley común; y entonces se le podría castigar como ofensor político. Entre los judíos, se producían constantemente tumultos e insurrecciones contra el gobierno romano. Los romanos habían tratado estas revueltas muy rigurosamente, y estaban siempre alerta para reprimir cuanto pudiese conducir a un levantamiento. Tan sólo unos días antes de esto, los fariseos habían tratado de entrampar a Cristo con la pregunta: “¿Nos es lícito dar tributo a César o no?” Pero Cristo había desenmascarado su hipocresía. Los romanos que estaban presentes habían visto el completo fracaso de los maquinadores, y su desconcierto al oír su respuesta: “Dad a César lo que es de César”.

Ahora los sacerdotes pensaron hacer aparentar que en esa ocasión Cristo había enseñado lo que ellos esperaban que enseñara. En su extremo apremio, recurrieron a falsos testigos, y “comenzaron a acusarle, diciendo: A éste hemos hallado que pervierte la nación, y que veda dar tributo a César, diciendo que él es el Cristo, el rey.” Eran tres acusaciones, pero cada una sin fundamento. Los sacerdotes lo sabían, pero estaban dispuestos a cometer perjurio con tal de obtener sus fines. Pilato discernió su propósito. No creía que el preso hubiese maquinado contra el gobierno. Su apariencia mansa y humilde no concordaba en manera alguna con la acusación. Pilato estaba convencido de que un tenebroso complot había sido tramado para destruir a un hombre inocente que estorbaba a los dignatarios judíos.

Volviéndose a Jesús, preguntó: “¿Eres tú el Rey de los Judíos?” El Salvador contestó: “Tú lo dices.” Y mientras hablaba, su semblante se iluminó como si un rayo de sol resplandeciese sobre él. Cuando oyeron su respuesta, Caifás y los que con él estaban invitaron a Pilato a reconocer que Jesús había admitido el crimen que le atribuían. Con ruidosos clamores, sacerdotes, escribas y gobernantes exigieron que fuese sentenciado a muerte. A esos clamores se unió la muchedumbre, y el ruido era ensordecedor. Pilato estaba confuso. Viendo que Jesús no contestaba a sus acusadores, le dijo: “¿No respondes algo? Mira de cuántas cosas te acusan. Mas Jesús ni aun con eso respondió”.

Mi reino no es de este mundo

Pilato llevó a Jesús aparte y le volvió a preguntar: “¿Eres tú el Rey de los Judíos?”. Jesús no respondió directamente a esta pregunta. Sabía que el Espíritu Santo estaba contendiendo con Pilato, y le dio oportunidad de reconocer su convicción. “¿Dices tú esto de ti mismo—preguntó,—o te lo han dicho otros de mí?”. Es decir, ¿eran las acusaciones de los sacerdotes, o un deseo de recibir luz de Cristo lo que motivaba la pregunta de Pilato? Pilato comprendió lo que quería decir Cristo; pero un sentimiento de orgullo se irguió en su corazón. No quiso reconocer la convicción que se apoderaba de él. “¿Soy yo Judío?— dijo.—Tu gente, y los pontífices, te han entregado a mí: ¿qué has hecho?”.

“Mi reino no es de este mundo—dijo:—si de este mundo fuera mi reino, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los Judíos: ahora, pues, mi reino no es de aquí. Díjole entonces Pilato: ¿Luego rey eres tú? Respondió Jesús: Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz”. Cristo afirmó que su palabra era en sí misma una llave que abriría el misterio para aquellos que estuviesen preparados para recibirlo. Esta palabra tenía un poder que la recomendaba, y en ello estribaba el secreto de la difusión de su reino de verdad. Deseaba que Pilato comprendiese que únicamente si recibía y aceptaba la verdad podría reconstruirse su naturaleza arruinada.

Pilato deseaba conocer la verdad. Su espíritu estaba confuso. Escuchó ávidamente las palabras del Salvador, y su corazón fue conmovido por un gran anhelo de saber lo que era realmente la verdad y cómo podía obtenerla. “¿Qué cosa es verdad?” preguntó. Pero no esperó la respuesta. El tumulto del exterior le hizo recordar los intereses del momento; porque los sacerdotes estaban pidiendo con clamores una decisión inmediata. Saliendo a los judíos, declaró enfáticamente: “Yo no hallo en él ningún crimen”. Estas palabras de un juez pagano eran una mordaz reprensión a la perfidia y falsedad de los dirigentes de Israel que acusaban al Salvador. Al oír a Pilato decir esto, los sacerdotes y ancianos se sintieron chasqueados y se airaron sin mesura.

Ante Herodes

Durante largo tiempo habían maquinado y aguardado esta oportunidad. Al vislumbrar la perspectiva de que Jesús fuese libertado, parecían dispuestos a despedazarlo. Denunciaron en alta voz a Pilato, y le amenazaron con la censura del gobierno romano. Le acusaron de negarse a condenar a Jesús, quien, afirmaban ellos, se había levantado contra César. Se oyeron entonces voces airadas, las cuales declaraban que la influencia sediciosa de Jesús era bien conocida en todo el país. Los sacerdotes dijeron: “Alborota al pueblo, enseñando por toda Judea, comenzando desde Galilea hasta aquí”.

En este momento Pilato no tenía la menor idea de condenar a Jesús. Sabía que los judíos le habían acusado por odio y prejuicio. Sabía cuál era su deber. La justicia exigía que Cristo fuese libertado inmediatamente. Pero Pilato temió la mala voluntad del pueblo. Si se negaba a entregar a Jesús en sus manos, se produciría un tumulto, y temía afrontarlo. Cuando oyó que Cristo era de Galilea, decidió enviarlo al gobernador de esa provincia, Herodes, que estaba entonces en Jerusalén. Haciendo esto, Pilato pensó traspasar a Herodes la responsabilidad del juicio. También pensó que era una buena oportunidad de acabar con una antigua rencilla entre él y Herodes. Y así resultó. Los dos magistrados se hicieron amigos con motivo del juicio del Salvador.

Pilato volvió a confiar a Jesús a los soldados, y entre burlas e insultos de la muchedumbre, fue llevado apresuradamente al tribunal de Herodes. “Y Herodes, viendo a Jesús, holgóse mucho.” Nunca se había encontrado antes con el Salvador, pero “hacía mucho que deseaba verle; porque había oído de él muchas cosas, y tenía esperanza que le vería hacer alguna señal”. Este Herodes era aquel cuyas manos se habían manchado con la sangre de Juan el Bautista. Cuando Herodes oyó hablar por primera vez de Jesús, quedó aterrado, y dijo: “Este es Juan el que yo degollé: él ha resucitado de los muertos…por eso virtudes obran en él”. Sin embargo, Herodes deseaba ver a Jesús. Ahora tenía oportunidad de salvar la vida de este profeta, y el rey esperaba desterrar para siempre de su memoria el recuerdo de aquella cabeza sangrienta que le llevaran en un plato. También deseaba satisfacer su curiosidad, y pensaba que si ofrecía a Cristo una perspectiva de liberación, haría cualquier cosa que se le pidiese.

La conciencia de Herodes

Un gran grupo de sacerdotes y ancianos había acompañado a Cristo hasta Herodes. Y cuando el Salvador fue llevado adentro, estos dignatarios, hablando todos con agitación, presentaron con instancias sus acusaciones contra él. Pero Herodes prestó poca atención a sus cargos. Les ordenó que guardasen silencio, deseoso de tener una oportunidad de interrogar a Cristo. Ordenó que le sacasen los hierros, al mismo tiempo que acusaba a sus enemigos de haberle maltratado. Mirando compasivamente al rostro sereno del Redentor del mundo, leyó en él solamente sabiduría y pureza. Tanto él como Pilato estaban convencidos de que Jesús había sido acusado por malicia y envidia.

Herodes interrogó a Cristo con muchas palabras, pero durante todo ese tiempo el Salvador mantuvo un profundo silencio. A la orden del rey, se trajeron inválidos y mutilados, y se le ordenó a Cristo que probase sus asertos realizando un milagro. Los hombres dicen que puedes sanar a los enfermos, dijo Herodes. Yo deseo ver si tu muy difundida fama no ha sido exagerada. Jesús no respondió, y Herodes continuó instándole: Si puedes realizar milagros en favor de otros, hazlos ahora para tu propio bien, y saldrás beneficiado. Luego ordenó: Muéstranos una señal de que tienes el poder que te ha atribuido el rumor. Pero Cristo permanecía como quien no oyese ni viese nada. El Hijo de Dios había tomado sobre sí la naturaleza humana. Debía obrar como el hombre habría tenido que obrar en tales circunstancias. Por lo tanto, no quiso realizar un milagro para ahorrarse el dolor y la humillación que el hombre habría tenido que soportar si hubiese estado en una posición similar.

La conciencia de Herodes era ahora mucho menos sensible que cuando tembló de horror al oír a Salomé pedir la cabeza de Juan el Bautista. Durante cierto tiempo, había sentido intenso remordimiento por su terrible acto; pero la vida licenciosa había ido degradando siempre más sus percepciones morales, y su corazón se había endurecido a tal punto que podía jactarse del castigo que había infligido a Juan por atreverse a reprenderle. Ahora amenazó a Jesús, declarando repetidas veces que tenía poder para librarle o condenarle. Pero Jesús no daba señal de que le hubiese oído una palabra. Herodes se irritó por este silencio. Parecía indicar completa indiferencia a su autoridad. Para el rey vano y pomposo, la reprensión abierta habría sido menos ofensiva que el no tenerlo en cuenta. Volvió a amenazar airadamente a Jesús, quien permanecía sin inmutarse.

La misión de Cristo

La misión de Cristo en este mundo no era satisfacer la curiosidad ociosa. Había venido para sanar a los quebrantados de corazón. Si pronunciando alguna palabra, hubiese podido sanar las heridas de las almas enfermas de pecado, no habría guardado silencio. Pero nada tenía que decir a aquellos que no querían sino pisotear la verdad bajo sus profanos pies. Cristo podría haber dirigido a Herodes palabras que habrían atravesado los oídos del empedernido rey, y haberle llenado de temor y temblor presentándole toda la iniquidad de su vida y el horror de su suerte inminente. Pero el silencio de Cristo fue la reprensión más severa que pudiese darle. Herodes había rechazado la verdad que le hablara el mayor de los profetas y no iba a recibir otro mensaje. Nada tenía que decirle la Majestad del cielo. Ese oído que siempre había estado abierto para acoger el clamor de la desgracia humana era insensible a las órdenes de Herodes. Aquellos ojos que con amor compasivo y perdonador se habían fijado en el pecador penitente no tenían mirada que conceder a Herodes. Aquellos labios que habían pronunciado la verdad más impresionante, que en tonos de la más tierna súplica habían intercedido con los más pecaminosos y degradados, quedaron cerrados para el altanero rey que no sentía necesidad de un Salvador.

La pasión ensombreció el rostro de Herodes. Volviéndose hacia la multitud, denunció airadamente a Jesús como impostor. Entonces dijo a Cristo: Si no quieres dar prueba de tu aserto, te entregaré a los soldados y al pueblo. Tal vez ellos logren hacerte hablar. Si eres un impostor, la muerte en sus manos es lo único que mereces; si eres el Hijo de Dios, sálvate haciendo un milagro. Apenas fueron pronunciadas estas palabras la turba se lanzó hacia Cristo. Como fieras se precipitaron sobre su presa. Jesús fue arrastrado de aquí para allá, y Herodes se unió al populacho en sus esfuerzos por humillar al Hijo de Dios. Si los soldados romanos no hubiesen intervenido y rechazado a la turba enfurecida, el Salvador habría sido despedazado.

“Mas Herodes con su corte le menospreció, y escarneció, vistiéndole de una ropa rica”. Los soldados romanos participaron de esos ultrajes. Todo lo que estos perversos y corrompidos soldados, ayudados por Herodes y los dignatarios judíos podían instigar, fue acumulado sobre el Salvador. Sin embargo, su divina paciencia no desfalleció. Los perseguidores de Cristo habían procurado medir su carácter por el propio; le habían representado tan vil como ellos mismos. Pero detrás de todas las apariencias del momento, se insinuó otra escena, una escena que ellos contemplarán un día en toda su gloria. Hubo algunos que temblaron en presencia de Cristo. Mientras la ruda muchedumbre se inclinaba irrisoriamente delante de él, algunos de los que se adelantaban con este propósito retrocedieron, mudos de temor. Herodes se sintió convencido. Los últimos rayos de la luz misericordiosa resplandecían sobre su corazón endurecido por el pecado. Comprendió que este no era un hombre común; porque la Divinidad había fulgurado a través de la humanidad. En el mismo momento en que Cristo estaba rodeado de burladores, adúlteros y homicidas, Herodes sintió que estaba contemplando a un Dios sobre su trono. Por empedernido que estuviese, Herodes no se atrevió a ratificar la condena de Cristo. Quiso descargarse de la terrible responsabilidad y mandó a Jesús de vuelta al tribunal romano.

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